Cuesta, tráfico y Samborondón

21 de Febrero, 2019
21 Feb 2019
21 de Febrero, 2019 - 00h01
21 Feb 2019

Es de noche y llueve suave, tengo en las manos la nueva novela Preguntas venenosas, de Rafael Cuesta, abro un vino, la cosa se viene bien.

Primera página, aparece una cita de Haruki Murakami: “Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Aunque una cosa sí es segura, cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró a ella”, y aquí se jodió todo. Algunos descubrirán una metáfora reveladora, pero yo, yo volví a revivir esa emoción que conjuga tormenta con tráfico y con Samborondón.

Yo sé que lo mío es liviano, impropio, inmaduro, autorreferente y ofrezco disculpas por usar este espacio para esto, pero tenía que decirlo.

No es cosa de la lluvia, meses antes, un año antes, desde que empezaron a construir el gran puente nuevo y se les ocurrió adornar el logro con la ampliación de vías, ciclorruta y pasos peatonales, es que este sector parece una zona de posguerra, con la dictadura de los tanques naranjas y los bloques de cemento pintados de amarillo y negro que cierran retornos cuando les da la gana, que angostan las vías, que inventan rutas y que dividen las calles. Esquivando estos obstáculos, por la vía principal se ven en las veredas montones de tierra, huecos y trabajos a medio hacer, abandonados porque han comenzado otros.

Y ante esa imagen grotesca que debería parecerse al desarrollo, uno se siente culpable por molestarse con el progreso. Uno siente que debería agradecer a los que han planificado este surrealismo urbano constitutivo. Pero ya, es suficiente. Y no es que uno se queje de que hagan obras, aunque ese es su trabajo justamente. Yo me quejo del caos, del desorden, de la poca comunicación y de la aparente desorganización.

Si uno planifica bien, puede avisar: esta ruta se trabajará de tal fecha a tal fecha, y uno sabe a qué atenerse o qué decisiones tomar, pero aquí no es así. De pronto aparecen calles siendo agujereadas y uno no sabe ni por qué ni para qué, ni cuánto va a durar, entonces viene la duda existencial… puente viejo o puente nuevo. El puente viejo es un mal conocido… se le quiere porque ya se sabe cómo es… pero el nuevo… es ese invitado impredecible. Un día cierran retornos como sorpresa o luego juegan ajedrez con los tanques naranjas, pareciendo probar hasta que le apunten a alguna solución.

En fin. A dónde quiero llegar con esto, el problema no es hacer obras, eso siempre está bien y se agradece, la cosa es comunicarlo apropiadamente, de tal manera que los ciudadanos podamos organizarnos. Y no quiero que se tome este descargo como una causa política por las elecciones que se vienen. No es esa la intención. Es solo la frustración del día a día. No iba a escribir de esto. Fue culpa de Cuesta, que hizo aparecer la tormenta esta noche. Ya, eso era, paso a la segunda página de su libro. (O)

Cuesta, tráfico y Samborondón
Cuesta, tráfico y Samborondón
2019-02-21T00:01:04-05:00
El Universo

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